Por: David Sedaris
Del Libro: Cuando te envuelvan las llamas
Mi amiga Patsy estaba contándome una historia. «Un día en el cine —me dijo—, estaba yo sentada con el abrigo bien colgado sobre el respaldo de mi butaca, cuando, me viene uno y me dice…» En ese punto tuve que interrumpirla, porque el asunto este los abrigos siempre me ha dado que pensar. Yo cuando voy al cine o al teatro dejo el abrigo doblado sobre las rodillas o colgado del posabrazos. Patsy, en cambio, cubre el respaldo de la butaca con el suyo, como si la pobre tuviera frío, y ella no pudiera disfrutar con la función de imaginársela sufriendo.
—¿Y por qué haces eso? —le pregunté.
Patsy me miró extrañada.
—Por qué va a ser, por los microbios, tonto —dijo—. Piensa en la cantidad de gente que apoyará ahí la cabeza. ¿No te da repelús?
Tuve que confesar que nunca se me había ocurrido.
—¿Verdad que cuando estás en la habitación de un hotel no te tumbas sobre la colcha? —me preguntó.
—¿Por qué no? —insistí—. En la boca quizá no me la metería, pero tumbarme sobre ella mientras hablo por teléfono… es lo que hago siempre.
—Pero limpiarás el auricular, ¿no?
—Mmm… No.
—Pues que sepas que es… peligroso — advirtió Patsy.
En la misma línea, un día acompañé a mi hermana Lisa a comprar, y me fijé en que estaba empujando el carrito con los antebrazos.
—¿Te pasa algo? —pregunté.
¿Eh? No — dijo—, es que no se debe tocar nunca la barra del carrito con las manos si no llevas guantes. Estos carros están infestados de microbios.
¿Serán manías propias de los norteamericanos o para lo mismo en todo el mundo? Una vez en París, en el supermercado del barrio, vi a un hombre que hacia la compra con su Cacatúa, un pajarraco del tamaño de un águila adolescente encaramado sobre la barra del carrito.
—¿Ves? —me dijo Lisa cuando le conté—. A saber que enfermedades podría llevar en las patas ese animal.
Algo de razón tenía, pero tampoco es que sea muy habitual ir al supermercado con una cacatúa. En toda mi vida de comprador, era el primer pájaro exótico que había visto curioseando en el mostrador de las carnes.
La única medida preventiva que yo aplico es lavar las prendas que compro en las tiendas de segunda mano; y eso solo porque una vez pillé ladillas por culpa de unos pantalones usados. Tendría yo unos veinticinco años por aquel entonces, y de no ser porque un amigo me condujo a una farmacia, donde adquirí un frasco de un producto llamado Quell con el que, como su propio nombre en inglés indica, exterminarlas, a buen seguro habría acabado rascándome hasta el tuétano. Tras aplicarme la loción, me pasé una lendrera por el vello púbico, y lo que encontré entre las púas fue toda una revelación: allí estaban aquellos monstruitos que llevaban semanas cebándose en mi carne. Supongo que son bichos así los que Patsy imagina cuando tiene una butaca delante, o los que Lisa ve acechando en su carrito del supermercado.
Pero esos bichos son una nadería comparados con los que atacaron a Hugh. Cuando tenía ocho años y vivía en el Congo, advirtió que le había salido una roncha roja en la pierna. Nada del otro mundo; una picadura de mosquito, supuso. Al día siguiente, la roncha empezó a dolerle, y al otro, cuando se miró la pierna, vio una larga lombriz asomando por ella.
A las pocas semanas, lo mismo le ocurrió a Maw Hamrick, que es como yo llamo a la madre de Hugh, Joan. Su lombriz no era tan larga como la de su hijo, aunque en realidad el tamaño es lo de menos. Si yo de niño llego a ver un bicho asomando por la pierna de mi madre, me voy directamente a un orfanato o me ofrezco en adopción. Quemo todas las fotos de mi madre, destruyo todo lo que haya pasado por sus manos y empiezo desde cero, porque, la verdad, no se me ocurre nada más repugnante. No sé por qué pero que un padre vaya por ahí infestando de parásitos tiene un pase, pero que sea una madre, o cualquier mujer, la verdad, no tiene perdón.
—Un poco machista por tu parte, ¿no? —objetó Maw Hamrick. La madre de Hugh había venido de París a pasar las navidades con nosotros, al igual que mi hermana Lisa y su madido, Bob. Ya habíamos abierto los regalos, y Joan estaba recogiendo los envoltorios usados y los planchaba con las manos—Solo era un gusano de Guinea. En el Congo todo el mundo los tenía. —Miró hacia la cocina, donde Hugh estaba haciendo no sé qué con un ganso—. Cariño, ¿dónde quieres que ponga estos papeles?
—Quémalos —respondió Hugh.
—Uy, con lo bonitos que son. ¿Seguro que no vas a querer volver a usarlos?
—Quémalos —insistió Hugh.
—¿Qué decíais de un gusano? —preguntó Lisa, adormilada. Estaba tumbada en el sofá, donde se había echado a dormir la siesta, tapada con una manta.
—Aquí Joan, que tuvo una lombriz viviendo en la pierna —contesté.
Maw Hamrick tiró un envoltorio a la chimenea y dijo:
—Hombre, tanto como viviendo…
—¿Pero la tuviste dentro metida? —quiso saber Lisa, y yo imaginé lo que se le estaría pasando por la cabeza: «¿He ido alguna vez al váter después que ella? ¿He tocado alguna vez su taza de café o comido de su plato? ¿Cuándo podría hacerme un análisis? ¿Habrá algún hospital abierto en 25 de diciembre o tendré que esperar a mañana?».
—Fue hace mucho tiempo —dijo Joan.
—¿Cuánto? —quiso saber Lisa.
—Yo qué sé… en 1968, quizá.
Lisa movió la cabeza arriba y abajo, como uno suele hacer cuando está calculando mentalmente.
—Vale —dijo, y yo lamenté haber sacado a relucir el tema.
Lisa ya no miraba a Maw Hamrick, la traspasaba con los ojos, como a través de una máquina de rayos-X: el desnudo rompecabezas de huesos y, pululando entre ellos, los miles de parásitos que no habían abandonado aquel hábitat en 1968. Yo había reaccionado de la misma manera, pero después de casi quince años de conocerla, lo tenía superado; ya solo veía a Maw Hamrick. Maw Hamrick planchando, Maw Hamrick lavando los platos, Maw Hamrick sacando la basura. Maw quiere ser una invitada ejemplar y siempre está buscando cosas que hacer por casa.
«¿Te importa si…?», pregunta, y antes de que termine la frase, ya le he contestado que no, claro, adelante.
—¿Tú le has dicho a mi madre que se arrastrara por el salón a cuatro patas? —me pregunta Hugh, y yo respondo:
—Bueno, no, yo no he dicho eso exactamente. Solo he sugerido que si iba a limpiar el polvo del zócalo, que mejor lo hiciera de rodillas.
Cuando Maw Hamrick está en casa, no muevo un dedo. Todos mis quehaceres domésticos pasan automáticamente a sus manos, y yo me limito a sentarme en una mecedora y levantar de vez en cuando los pies para que pueda pasar el aspirador por debajo. Es muy cómodo, aunque no da muy buena impresión de mí, sobre todo cuando se ocupa de tareas pesadas, como, por ejemplo, bajar muebles al sótano, otra ocurrencia que, una vez más, partió enteramente de ella. Yo solo había mencionado de pasada que aquella cómoda apenas se usaba ya, y que algún día habría que llevarla abajo. No me refería a que la bajara ella precisamente, aunque a sus setenta y seis años, la mujer tiene más fortaleza de la que Hugh le atribuye. Como buena oriunda de Kentucky, Maw está acostumbrada a dar el callo. A talar, cavar, a todo lo que conlleve arrimar el hombro: para mí que esas cosas se llevan en la sangre.
El único inconveniente es cuando vienen invitados a casa y se encuentran a aquella menuda ancianita de pelo cano con la frente chorreando sudor. Lisa y Bob, sin ir más lejos, que se habían alojado en el apartamento desocupado de Patsy. Cada noche, cuando venían a cenar a casa, Maw Hamrick les colgaba el abrigo y luego se iba a planchar las servilletas y poner la mesa. Después servía las copas y se metía en la cocina con Hugh para echarle una mano.
—Qué suerte has tenido —decía Lisa, entre suspiros, viendo a Maw correr a vaciarme el cenicero. La suegra de Lisa acababa de ingresar en una residencia asistida para ancianos, una institución de esas que reniega de la expresión «tercera edad» y se refiere a sus residentes como «nuestros lozanos veteranos»—. La madre de Bob es un encanto, pero la de Hugh… ¡qué mujer! Y pensar que los gusanos se la comían
—Bueno, comérsela no se la comían — repliqué.
—¿Y de qué crees que se alimentaban los bichos aquellos que si no? No me irás a decir que entraron en su cuerpo cargando con su propia comida.
Supongo que tenía razón, pero ¿de qué se alimentan los gusanos de guinea? De grasa no, desde luego, porque entonces no habrían recurrido a Joan, que pesa cuarenta kilos, como mucho, y todavía cabe en el vestido que estrenó para el baile de gala del instituto. Y de músculo tampoco, porque entonces no habría podido hacerse cargo de mis tareas domésticas. ¿Beben sangre? ¿Perforan el hueso y succionan el tuétano? Me disponía a preguntarlo, pero cuanto Maw Hamrick regresó al salón el tema de conversación saltó de inmediato al colesterol.
—No quisiera ser indiscreta, Joan —dijo Lisa—, pero ¿ti qué índice tienes?
Era una de esas conversaciones de las que yo estaba condenado a quedar excluido. No solo nunca me he hecho una analítica, sino que a decir verdad ni siquiera se muy bien en qué consiste eso del colesterol. Cada vez que oigo la palabra me imagino una sala blancuzca hecha a mano y llena de grumos.
—¿Has probado el aceite de pescado? —preguntó Lisa—. Bob estuvo tomándolo un tiempo y le bajó el colesterol de tres ochenta a dos veinte. Antes estaba con el Lipitor.
Mi hermana se sabe el nombre y la medición correspondiente de toda enfermedad identificada por el ser humano, una proeza impresionante teniendo en cuenta lo autodidacta de sus conocimientos. Ictiosis congénita, miositis osificante, espondilolistesis, y sus respectivos tratamientos a base de Celebrex, Flexeril, hidrocloruro de oxicodona. Al bromear yo de que ella no había comprado en su vida una revista, porque las leía gratis en la sala de espera de las consultas, me preguntó qué índice de colesterol tenía.
—Pues ya puedes estar yendo al médico, guapo, porque no te creas que eres tan joven. Y de paso, a ver si te echan un vistazo a esos lunares.
No eran temas en los que apeteciera mucho pensar, sobre todo en pleno festejo navideño, con la chimenea encendida y el olor a asado que invadía el departamento.
—¿Y si hablamos de accidentes? —propuse—. ¿Sabes de alguno bueno?
—Bueno accidente exactamente no es —dijo Lisa—, pero ¿sabían que hay cinco mil muertes infantiles al año a consecuencia de sustos? —Era un concepto difícil de asimilar, así que Lisa se quitó la manta de encima y se dispuso a representarlo—. Imaginen a una niña que corretea por el pasillo, jugando con sus padres, y de pronto el papá va y se asoma por una esquina y le grita «¡Buuu!» o «¡Te pillé!» o algo por el estilo. Pues, resulta que a esa niña de hecho podría darle un síncope y morirse.
—No tiene ninguna gracia —dijo Maw Hamrick.
—No, claro —repuso Lisa—. Yo solo digo que por lo visto ocurre cinco mil veces al año como poco.
—¿En Estados Unidos o en todo el mundo? —quiso saber Maw Hamrick, y mi hermana llamó a voces a su marido, que estaba en la otra habitación.
—¡Bob! ¿Los cinco mil niños que mueren de un susto al año es en Estados Unidos o en todo el planeta? —En vista de que su marido no contestaba, Lisa decidió que la cifra se refería exclusivamente a Estados Unidos—. Y eso contando solo los casos que se tiene constancia —añadió—. Seguro que muchos padres no querrán admitirlo, y la muerte de sus hijos se atribuirá a otras causas.
—Pobres criaturas —dijo Maw Hamrick.
—¡Y pobres padres! —añadió Lisa—. ¿Se imaginan?
Trágico es para ambos bandos, pero a mí me dio por pensar en los demás hijos de esas parejas o, peor aún, en los que llegaran para reemplazarlos y crecieran en un ambiente de preventiva sobriedad.
«A ver, Chiqui Dos, cuando entremos en la casa habrá un montón de gente escondida detrás de los muebles que saltará de pronto y te gritará “¡Feliz cumpleaños!”. Te aviso de antemano porque no quisiera que te alteraras demasiado.»
Nada de sorpresas, nada de bromas pesadas, nada inesperado, pero ningún padre es capaz de controlarlo todo, y hay un mundo ahí fuera con el que lidiar, un mundo de coches con tubos de escape tronadores y sus equivalentes humanos.
Tal vez algún día bajen ustedes la visa y descubran la triste y fálica cabecita de una lombriz asomando por una escotilla excavada en su pierna. Di eso no les provoca un síncope, ya me dirán qué, aunque tanto Hugh como su madre parecen haber sobrevivido. Revivido, incluso. Los Hamrick están hechos de una materia muy superior a la mía. Por eso dejo que sean ellos quienes preparen el ganso, quienes cambien los muebles de sitio o eliminen los horripilantes parásitos que infestan mis prendas de segunda mano. Si hay algo que puede matarles del susto es que yo me ofrezca a arrimar el hombro, de ahí que siga recostado en el sofá con mi hermana y agite la taza en el aire, como indicando que quiero otro café.