Por: José Agustín
Ambientado con música de: Guillermo Velázquez Y los Leones de la Sierra de Xichú
Años antes, Lucio y su mujer (digámosle Aurora) deciden pasar unos días en un pueblo del estado de Morelos. Victoria, una amiga, les ha prestado una casa, es vieja, no creas que es la gran maravilla, no te vas a parar de pestañas al verla, las paredes son de adobe, ves, y hay que sacar agua del pozo pero creo que ya hay luz eléctrica y el pueblo, eso sí, es algo lindo, habías de ver los alrededores tú, hay un río precioso, te va a encantar.
Suben en el auto, entusiasmados porque al fin podrán pasar unas vacaciones fuera del esperpento esmogangoso que se ha vuelto el Detrito Defecal. Me dijo Victoria que desde ayer iban a llegar tu hermano Julián y un amigo que se llama Salvador, dijeron que querían pasar unos días por estos rumbachos. ¡Que se vayan, que se vayan!, exclama Lucio, y lo desea en verdad: no tiene la menor gana de encontrar conocidos allí, ¡y menos al azotadísimo de su hermano! Pero si son rebuenas gentes, intercede Aurora. Buenas gentes mis arrugados cojones, replica Lucio. Aurora no hace caso a los exabruptos de su marido pero piensa que en los ojos de Lucio hay destellos inabordables. Lucio, de veras das miedo cuando te pones así. Cállate la boca y no estés chingando. Eso era exactamente lo que yo decía.
Aurora procede a narrar, para distraerse de la velocidad vertiginosa con que Lucio maneja, las historias de fantasmas de la casa de la amiga Victoria (¡qué nombre!).
Histerias fantasmales en la casa de la amiga Victoria. Dice Victoria (dice la Sigámosle Diciendo Aurora) que en su familia, como en las viejas-viejas tradiciones ad hoc, en una época ocurrieron crímenes, por lo cual la casa ahora es patrullada por varios fantasmas. Fantasmas, mis cuasirredondas bolas. Lucio, no manejes tan rápido, por favor, nos vamos a matar. Se manejar, no jodas. Bueno. Parece que uno de los tíos abuelos de Victoria de las Tunas, que se llamaba Tachito, odiaba a su madre. Ella había enviudado cuando era muy joven y la viudez la amargó, tú sabes. Su familia le dijo que se metiera de monja, cual debía de ser, pero ella conoció a un hombre, se apasionó mucho y entonces sí le gustó mucho… ¿El galán? No: coger. Fue el escándalo del pueblo porque la señora llegó a tener más amantes que fajas y corsés, Estaba enferma, Lucio, agarraba ondas malísimas. Dice Victoria que a su tía Chozna le dio por los disfraces, le gustaba vestirse imaginativamente para coger, le fascinaba disfrazarse de amazona, ¿tú crees? Yo creo, pero no creo que se haya rebanado una teta, ¿verdad? Luego le dio por vestirse de Carlota Corday en la fase-cuchilladora, y más tarde se aficionó a los uniformes de militar: se agenciaba unos tacuches estilo Chema Morelos y Pavón Real, con sable, faja y toalla La Josefina en la cabeza, y ése fue el escalón previo de la Etapa Sádica. Esa pinche Victoria ha estado leyendo libros del Marqués de Stekel, qué poca madre. Lucio, vas a ciento cuarenta, no exageres. Bueno/Óyeme, si vuelves a decir bueno te rebano una tetiux. Bueno. Como tenía dinero y seguramente era una belleza, o al menos estaba que se caía de buena, no le faltaban los huehuenches patarrajados que le daban los kilómetros de verdolaga que requería, ¿no?, y qué crees…Esta Devoradora Dhombres acostumbraba despertar a su hijo Tachín para que el entonces niño presenciara cómo su santa jefecita latigueaba a sus pobres amatrostes, y luego obligaba al pequeñuelo a que la viera durante d acto camal también llamado coito. O paliacate. Sí, como quieras. Tachito, imagínate tú, era delgaducho y amariconado; amaba a su mamá hasta la masturbación, pero como el amor es odio no te quepa duda después la detestó. Aunque dice Victoria que más bien detestaba a los tipos que se tiroteaban a su sagrada mamazuela y que, claro, personificaban la misma debilidad y sumisión que el buen Tachete padecía, ¡Lucio, por Dios, no rebases en curva! Usté aguántese como las buenas. Como las buenas suicidas, querrás decir, palabra que ora sí me espanté. ¿Y luego? Pues un buen día a la devoradora le entró la onda de flagelar a su hijo, ¿tú crees?, por supuesto, para cogérselo después. Es que Tacho ya estaba más crecidillo y además calzaba grande… Pues fíjate que Tachito no pudo negarse, como buen masocas edipuspús que era, y después de los latigazos y las patadas en la panza y en culo sea la parte, el jovencito acabó copulando con su pinche madre/ ¡Pinche Aurora, no te mediste con ese copulando! Lucio, ¿no te parece una chingadera que una madre haga eso? Me parece que eres una vieja lépera. El niño: más bien, el muchacho, no pudo resistir el Terrible Impacto de transgredir el natural tabú llamado incesto, salió de la cámara o recámara y se chupó cuatro botellas de anís del mono. Prestas. Del Mono Prestas. Bueno, ya entonces, debidamente estupidizado por el alcohol que, como has de saber, es muy malo, regresó a buscar a su señora madre, tomó uno de los fierros o implementos que sirven para atizar el fuego de la chimenea y ¡moles! lo estrelló en la choya de su mamis, quien, con el cráneo abierto como flor de huitlacoche, alcanzó a decir ¡más, más! No, noscierto, le dijo, severamente: vas a ver, cabrón Tacho de Carnitas, todas las noches voy a venir a jalarte las patas… Carajo, esa Victoria debería leer algunas historias de terror que cuando menos alcancen el gallardo nivel metafísico de E. T. A. Hoffemann o de Gustav Meyrink y no se queden en vulgares refritos del jefe Poe Poe. ¿Quieres que te siga contando, o no? Síguele, síguele, siempre me ha deleitado ser testigo de la estupidez humana. Oye, qué te pasa, comiste gallo o qué. Tú síguele. Sígole, pero maneja más despacio, vamos a quedar embarrados en la carretera. Aurora, confía en Tu Charro y llegarás a vieja. Lucio, ¿todavía me necesitarás cuando tenga sesenta y cuatro años? ¡No mames! Bueno, para seguir haciendo el cuento largo, que por lo demás es lo único largo que se te puede hacer, a Tacho le gustó eso de rajar cabezas y se convirtió en elterrordelpueblo, no sé a cuántos más se echó. Sin embargo, no faltó que un primo, abochornado por tal sarta de malvadeces, un buen día nomás tres tiros le dio al tío abuelo de la Victoriadora de Hombres. Fíjate que la gente del pueblo oyó los balazos y como ya estaba hasta la coronilla de esa familia, la multitud fue a la casa y linchó al primo justiciero. ¡Ah!, dijo Lucio, y supongo que desde entonces se dice que las ánimas rulfianas y en penumbra de la Devoradora, del Tachuelo y el Primo Vengador circulan por la casa, ¿no es así? ¡Exactamente, Lucio, qué sagaz eres! ¡Qué inteligencia! ¡Qué penetración! Calma, Aurora, no te me subleves. Fíjate que Victoria me contó todo esto ayer en la noche, cuando me dio las llaves de la casa, y me dijo que si se te aparecía el fantasma de la Devoradora no fueras a someterte a sus encantos, porque te iría peor que al menso del Manuscrito de Zaragoza. Y si a ti se te aparece el ánima de Tachito, ¿qué? Victoria me recomendó que en ese caso debo ofrecerle un poco de leche, ya ves que el pobre estuvo privado de amor maternal.
… Lucio ha vuelto a rebasar en curva (yo tengo un tobogán) y apenas logra meter logra meter el Datsun en la cuneta cuando un camión de Aurrerá aparece en sentido contrario a estrellarse contra ellos. Aurora grita, histérica, pero Lucio se mete en la cuneta y acelera aún más para salir de la curva. ¡Ay, Lucio, qué cerquita la vimos! Pero salimos, Aurorita, es que tenemos buen karma. Buen karma mis ovarios, especifica Aurora, aún pálida.
Llegan al pueblo (¿por qué no Yautepec?) a las doce del día, cuando el sol está más fuerte que nunca y hace que los filos de las hojas se blanqueen intensamente. En casa de Victoria, en efecto, encuentran a Julián y a Salvador. Lucio se indigna al saber que su hermano ya se ha instalado en la recámara principal. Óyeme, gran cabrón, te sacas tus chivas de aquí y te largas a otra recámara, porque aquí nos vamos a quedar Aurora y yo. No me grites, advierte Julián, quien, como de costumbre, no parece de buen humor. ¡Pues si no quieres que te grite!, grita Lucio, ¡saca tus porquerías de aquí, pero ya! ¿Qué te parece?, vocifera Lucio a Aurora, ¡este cabroncornio llega aquí con un huevón y se apropia de la mejor recámara, qué falta de respeto & consideración! ¿Ésta es la mejor recámara? ¡Cómo estarán las otras!, comenta Aurora, ¡sí, que se larguen!, añade luego, satisfecha porque puede tratar mal, abiertamente, a su cuñado. Miren, interviene Salvador, muy serio: si quieren Julián y yo nos vamos de aquí, para acabar pronto. Eso estaría perfecto, carajo, ya la han engordado mucho en esta ratonera, y además a nosotros nos prestaron la casa, ¡pírense a este ritmo!, indica Lucio, chasqueando los dedos. Te vas a arrepentir de esto, gruñe Julián, con los ojos apagados. Te vas a arrepentir tú si me sigues amenazando; de niño me podías pegar pero ahora te rompo el hocico. Vámonos, no le hagas caso, dice Salvador deteniendo a Julián, quien ya estaba a punto de lanzarse contra su hermano.
Mientras Julián y Salvador hacen las maletas, recogen los enseres y enrollan los sacos para dormir, Aurora y Lucio recorren la casa. Óyeme, esta maldita Victoria no nos dijo que la casa está pudriéndose de vieja, aquí ni fantasmas podrían vivir. ¿Y ya viste la estufa?, señala Aurora, es de carbón. Está bien, nomás no me digas patrón. ¿Hay luz eléctrica, tú? Pues yo no he visto ningún apagador. Revisan una vez más y comprueban que en toda la casa no hay electricidad. Y todo está húmedo,lleno de polvo, ¿tú crees que esta Victoria me decía que esta casa era casi un palacio? Habrá sido un protopalacio, prepaleolítico, comenta Lucio; un utopalacio, continúa indulgente, ob-úgrico, un Urpalacio… Todo está oscuro, pues casi no hay ventanas, y las que hay son muy pequeñas. La indignación de ambos no conoce límites al ver que los baños por supuesto consisten en unos cajones maltrechos, sin agua corriente, con tablas agujeradas: en los hoyos profundos del retrete se vislumbra la viscosidad de una rudimentaria fosa séptica. ¡Qué horror! Aquí mero es donde seguramente duermen los fantasmas familiares, considera Lucio. La casa es muy grande, de un piso, con su debido patio teménico, y una fuente central, sucia, seca, agrietada. Todo es muy
viejo, los muebles crujen lastimosamente. Fíjate que la malvada Victoria me dijo que sí había luz eléctrica, se ve que no se para por aquí desde hace siglos. Vamos a hablarle por teléfono para mentarle la madre. ¿Con qué teléfono, Lucio? Yo creo que ni siquiera los conocen en el pueblo, ya no digamos aquí… Bueno, ¿qué hacemos? ¿Te quieres quedar en esta casa? Mira, vamos a pasar la noche en esta alacranera y mañana nos vamos a Cuernavaca, al Casino de la Selva, es preferible ver al fantasma del viejo Malcomio, chance hasta nos invita un mezcalito.
Julián y Salvador se han ido ya, sin indicarles dónde están las lámparas. ¡Qué groseros! Aurora y Lucio las buscan, para que no los sorprenda el crepúsculo sin tener con qué alumbrarse, e incluso para antes de que se haga de noche: sólo en la estancia hay ventanas, y en algunos cuartos la oscuridad es casi total a esa hora de la tarde, mutatis mutandis, porque ya es la tarde, y el paso de la mañana a la tarde es una transmutación de antiguos valores, y es hora de comer.
Antes de subir en el Datsun advierten que, en una de las casas vecinas, divididas por tecorrales con milpas tristonas, un hombre los mira. Cuando están a punto de arrancar el hombre se les acerca, haciendo señas. ¿Qué querrá este enano?, musita Ludo, impaciente. Ay, Dios, está vaciadísimo, parece Eduardo Mejía. No, mujer, Eduardo Mejía es el caballero mejor vestido de México. El hombre es bajito y viste un traje viejo, que le queda corto. Una canosa barba de candado subraya la ausencia de incisivos en la boca. Llega a ellos, jadeando. ¿Ustedes son los familiares de la señora Victoria? ¿Por qué?, contrapregunta Lucio, seco. Permítame presentarme, soy d doctor Salvador Elisetas, siquiatra retirado. El hombre se inclina y espera un poco para que ellos digan sus nombres, pero, como no lo hacen, continúa: yo vivo allí enfrente. La señora Victoria me ha encargado que cuide su casa. Pues no la cuida usted bien, ataja Aurora, está hecha un desastre. Bueno, señores, ignoro cómo se encuentre el interior, yo sólo procuro que no se metan algunos indios a refocilarse o… a hacer sus necesidades, especifica el doctor Elisetas con una risita apagada. El doctor entrecierra los ojos al hablar y tartamudea ligeramente, inclinando un poco la cabeza hacia la derecha como si con ese movimiento fuera a destrabar las palabras. Bueno, sólo quiero decirles que estoy a su disposición en caso de que se les ofrezca algo. ¿Tiene teléfono?, inquiere Lucio, al instante. Sí, pero está descompuesto, tengo varios días reportándolo a la Compañía de Teléfonos para que lo arreglen, pero aún estoy esperando. Pues siga esperando, dice Lucio al echar a andar el auto. Joven, su comportamiento no es normal, si quiere puedo darle unas píldoras tranquilizantes. Lucio responde con un arrancón que levanta nubes de polvo.
Cómo eres, ríe Aurora, lo bañaste de polvo. No merecía otra cosa, mira que ofrecerme tranquilizantes. Ha de pensar que estás loco. Lo cual sería una obvia proyección, cualquiera sabe que se necesita estar loco para ser siquiatra. Pero éste exagera, ¿te fijaste cómo meneaba la cabecita al hablar? Sí. Sí es cierto, y qué ojos, recuerda Aurora, sonriendo; parecería salido de la temblorosa película El pueblo cubano contra los demonios, de Gutiérrez Alea Jacta. Además, agrega Lucio, tenía babas en la barba. ¡No es cierto!, y mocos en el bigote.
En el zócalo del pueblo (sigámosle llamando Yautepec) encuentran un restorán, pero antes de entrar en él Lucio averigua dónde está la Compañía de Teléfonos. Allí, pide una conferencia (¡por cobrar!) con la amiga Victoria, y a ella le grita, ante los oídos escandalizados de los sombrerudos que aguardan tumo para entrar en las casetas, que los mandó a un muladar, la casa es una porquería, se necesita ser hija de puta y madre de mongólico para prestar esa casa y, para acabar pronto, que chingue a su madre. Cuelga de golpe, satisfecho, aunque un poco agitado. Aurora sonríe salomónicamente. ¿Qué te dijo?, pregunta. Me dijo ¿bueno? y nada más, porque no la dejé abrir la boca. Nos va a odiar, dice Aurora. Uy, qué preocupación tan grande.
En el restorán les sirven caldo de pollo, cecina de Yecapixtla con crema, queso, aguacate y frijoles. Señorita, dice Lucio a la mesera, ¿no tiene tortitillas de ayer? ¿De ayer?, pregunta la mesera, sorprendida. Sí, porque estas que nos dio seguramente son de hace una semana. Y la comida es pésima, niña, me gustaría saber de qué fosa séptica sacaron el consomé y de qué huarache cortaron la carne, ¿no les da vergüenza servir estas atrocidades? ¡Ni crea que le voy a dar propina, y chance tampoco le pague! Ya agarraste vuelo, dice Aurora.
Salen del restorán y deambulan por el zocalito. ¿Y ahora qué vas a hacer, estrangular a las ardillas de los árboles? En vez de eso, en una esquina del parque compran los vasos más grandes de nieve de leche, no sin antes protestar por lo caro de la nieve, y luego suben en el quiosco donde se dedican a criticar, entre risas, a los campesinos morelenses que abajo ocupan las bancas. Compran cajas de velas, comestibles y varias botellas de vino, ¿cómo es posible que nada más vendan vinos del país?, vocifera Lucio, ¿qué creen que somos oligarcas del rumbo? ¡Qué falta de respeto para el turismo nacional! Ustedes, pobres malincheros, se tiran al suelo como alfombras nomás ven a los gringos, pero a los pobres paisanos se nos discrimina vilmente, por eso estamos como etcéteras. Mi amor, no te mediste con las incoherencias de la vinatería, comenta Aurora al regresar a la casa. ¿Y los fantasmas?, pregunta Lucio cuando distribuyen velas en la recámara y en la sala. Pues deben estar esperando que oscurezca, ¿no?, para seguir la tradición. ¡Fantasmas tradicionales, qué horror!, yo creo que los de aquí deben de estar más decrépitos y desdentados que el vecino siquiatra. Por cierto, indaga Aurora, ¿compraste la lechita de Tacho? La tachita de leche, corrige Lucio.
Hace calor, y se quitan toda la ropa. A Aurora parece gustarle mucho circular desnuda por la casa. Enciende las velas, pues aunque el sol vespertino aún reverbera con violencia allá afuera, dentro está casi a oscuras. A la luz de las velas, y después de beber dos botellas de vino, se disponen a hacer el amor. Lucio está a punto de penetrarla cuando ella propone que en esa ocasión el acto carnal (o palo) sea anal (o por chicuelinas). A Lucio le cuesta trabajo (y a Aurora varios gritos) entrar en día sin ninguna lubricación, y apenas se halla a punto de lograr la penetración total cuando tocan la puerta. ¡Carajo! ¿Quién podrá ser? Yo creo que los fantasmas no, sólo que las ánimas morelenses salgan a trabajar a los maizales durante el día. Ha de ser el pendejo de mi hermano, seguro se le olvidó algo, especula Luco, empujando un poco más. No les hagas caso, mi amor, pide Aurora, ya me la metiste casi toda. Pero los toquidos son insistentes, insolentes. ¡Me lleva el demonio!, exclama Lucio, fastidiado; se retira de su mujer y se dirige a la puerta. Vístete ¿no?, le recuerda Aurora mientras busca una camisa para cubrirse. A regañadientes. Lucio se pone el pantalón. Los toquidos continúan, cada vez mis violentos, cimbran la puerta, cuyo marco deja caer repetidas capas de polvo.
Quien toca es nada menos que el doctor Elisetas. Antes de que pueda decir algo, el siquiatra se mete en la casa diciendo ¿qué no oían? Buenas tardes, señora, saluda el doctor al parecer sin inmutarse porque Aurora se halle semidesnuda. Bueno, qué quiere, ¿nadie le ha dicho que tiene que esperar a que lo inviten antes de meterse en las casas? Hombre, yo soy de confianza. Le traje tranquilizantes, joven. Óigame, usted está orate, casi grita Lucio. Aurora ríe, repitiendo delectantemente la palabra: orate… Usted es el que debería tomarse esos chochos, viejo ídem. No tiene por qué agradecérmelo, avisa el siquiatra con exagerada corrección mientras toma asiento y se equilibra en una silla tambaleante. ¿No creen que es muy temprano para ponerse a beber?, agrega después, mirando a Lucio con ojo clínico. Él ríe. Mire, viejito, no lo corro a patadas nada más porque me divierte su temeridad. Joven, advierte el doctor, modérese: debo prevenirle que, aunque retirado, soy el delegado honoris causa de Salud Pública del municipio y puedo ordenar que lo encierren en el manicomio. A usted es al que hay que encerrar, viejito, ¡qué atrevimiento! ¡Delegado honoris causa! ¡Qué risa! Señora, dice el doctor Elisetas, ¿desde cuándo le dan estos ataques a su marido o concubino? Desde que tenía seis años, bromea Aurora, figúrese que en casa siempre tengo a la mano una camisa de fuerza para cuando se me pone grave. Muy chistosa, comenta Lucio. Había de verlo, continúa Aurora, hasta le sale espuma de las orejas y cerilla de la boca, y rompe todo, señor, así es que en mi casa los muebles son de hule. Muy interesante, juzga el siquiatra tomando el vino; bebe un largo trago, a pico de botella. ¡No se beba mí vino, viejo chilapastroso!, grita Lucio, ¡espérese a que lo inviten! Mi vida es un calvario, declama Aurora, no tiene usted idea… Dígale a su marido, o amasio, que se tome las medicinas que le he traído. Lucio, por su parte, revisa los frasquitos. Mi amor, que dice el viejito pendejito que te tomes las medicinitas que te trajo. ¿Sabes qué son, Aurora? ¡Anfetaminas! ¡Y este barbasconbabas cree que son tranquilizantes!
¡No puede ser!, ¿de veras?, ríe Aurora, y se levanta para leer las etiquetas de los frascos. El doctor continúa bebiendo vino atropelladamente. Mire, joven, dice imperturbable si no fuera por el meneo de la cabeza que se sincroniza con los tartamudeos, cada vez más tengo la certeza de que usted está enfermo y requiere hospitalización inmediata. En Cuernavaca hay una clínica veterinaria a la que podríamos llevarlo en, digamos, veinte minutos / De veras está loco, dice
Lucio a Aurora. Quien está loco es usted, afirma el doctor, lo supe desde el primer instante; bastaba con ver cómo corrió usted a las personas tan pacíficas que estaban en esta casa. Lucio y Aurora se miran, atónitos. No me mire usted así, joven, sus gritos se oían hasta mi casa. Más bien, repone Lucio, usted estaba espiando en el jardín, con razón me pareció advertir que algo se movía entre las plantas. ¿Considera normal lo que hizo?, pregunta d doctor, bebiendo a pico de botella. Mire, imbécil, yo hago lo que se me da la gana y ningún baboso me va a llegar a doctorear, ¡lárguese de aquí inmediatamente antes de que lo saque a rastras! No me voy, afirma el siquiatra enfáticamente, y continúa: y después, cuando hablé con usted allá afuera me di cuenta de que me hallaba ante un caso peligroso. Yo no estoy dispuesto a que cualquier loco furioso, como su
misma esposa lo cataloga, ponga en peligro a la comunidad. Por tanto, es mi melancólico deber avisarle que he mandado llamar una ambulancia para que se lo lleven a Cuernavaca. El que avisa no traiciona.
Lucio y Aurora vuelven a mirarse; por primera vez consideran que ese tipo está tan loco que bien pudo haber hecho lo que dice. Estese usted en paz y no presente resistencia, tómese los calmantes que le di y todo saldrá bien. Si usted colabora le aseguro que con unos seis meses de electrochoques diarios quedará muy bien, finaliza d doctor Elisetas y vuelve a beber más vino; bebe tanto que se atraganta y el licor le escurre por la barba. Está de remate, sentencia Aurora, ya sácatelo de aquí, me está poniendo nerviosa. ¡Y está fumando mariguana!, ¿ya te fijaste?, exclama Lucio al ver que, en efecto, el doctor Elishongos sacó un cigarrillo delgadito cuyo humo delata la presencia de una yerba petatesca. En ese momento el doctor salta con una agilidad insospechada, corre a la puerta y la cierra con llave. ¡De aquí no sale usted!, vocifera, ¡hasta que venga la ambulancia! Lucio no puede concebir que sea posible lo que está ocurriendo, pero, finalmente, su indignación es mayor que el pasmo. Toma al dejo de las solapas y lo sujeta con firmeza. ¡Deme
esa llave, de dónde sacó esa llave, además! ¡No me toque! ¡Mientras más violencia ejerza más tiempo se va a pudrir electrochocado chez la rire! Lucio trata de meter la mano en d bolsillo del viejo, pero éste, con una fuerza inconcebible, le propina un derechazo en la mandíbula. ¡Me has estado buscando todo el día!, chilla, ¡pues ya me encontraste, ya me encontraste! Lucio se repone del golpe e, iracundo, se lanza contra el doctor, le pega como puede, pero el viejo tiene un vigor insospechable, lucha rabiosamente; sus ojos destellan con los furores de un odio incontenible, y Lucio pronto se da cuenta de que el viejo no sólo se defiende bien sino que incluso puede llegar a dominarlo: quiere abrazarlo con tal fuerza que Lucio ya no se pueda mover. Como en un delirio (un relámpago, un resplandor) Lucio comprende que la fuerza de ese viejo sólo es posible porque se trata de un loco peligrosísimo, y que tendrá que luchar por su vida. Es increíble, alcanza a pensar (un relámpago), que en un instante todo se vuelve decisivo. Logra colocar su antebrazo
como cuña sobre el cuello del doctor y lo empuja contra la puerta, pero comprende que no va a poder seguir sujetándolo. El siquiatra ahora lo golpea, con fuerza, en los costados, como boxeador entrenado, y en un instante, ya en el pánico absoluto, Lucio repara en que junto a la puerta carcomida hay un enorme clavo oxidado, doblado como pico de buitre. Lo busca, lo encuentra, lo saca del adobe con facilidad porque aún conserva un poco de fuerza, y también porque ve que Aurora, su mujer, ha tomado el atizador de la chimenea y con eso lo asalta la idea aterradora de que ella va a intervenir, pero en contra de él. Lucio esgrime el clavo y lo entierra repetidas veces, primero en los hombros y después en el cuello del siquiatra. La sangre irrumpe en chorros, salpica por todas partes, pronto es un arroyo que fluye, hacia afuera, por debajo de la puerta. El viejo se lleva las manos al cuello, como si quisiera cubrir los borbollones de sangre, y abre los ojos al máximo, sus pupilas giran en redondo y se fijan hacia dentro: afuera quedan las conjuntivas ensangrentadas. Finalmente se desploma, yerto, porque en ese momento Aurora ha llegado con el atizador de hierro y con él propina un golpe devastador en la cabeza del viejo.
¡Qué bueno que lo mataste!, ¡qué bueno que lo mataste!, chilla Aurora, y Lucio, al verla jadeante, sudando, semidesnuda, blandiendo el atizador ensangrentado, comprende que ella también enloqueció a causa de la excitación… No, ésa no puede ser Aurora, esa mujer es la imagen viviente de la maldad.
Lucio se desploma, exhausto, junto al cadáver que aún sangra; siente un dolor lacerante, intolerable, en las sienes, y un zumbido que llena todo y que sigue creciendo de volumen. En ese momento grita, con toda su desesperación: ¡no puede ser, no puede ser! ¡Esto nene que ser un sueño, una pesadilla insoportable! ¡Dios mío, Dios mío, por favor, haz que despierte, haz que despierte por lo que más quieras!
… Lucio despierta. Se halla en un cuarto blanco; … la luz del sol vespertino entra a través de un gran ventanal y rebota, se multiplica con fuerza en todos los rincones. Lucio, en un catre, hecho nudo, tiene los músculos contraídos a causa de la tensión del sueño; transpira profusamente, la sábana está empapada. Se da cuenta de que ha despertado y abre los ojos. Ve que en el cuarto no hay ningún mueble, a excepción del catre donde aún yace, contraído, fetal. Estira el cuerpo y todos sus músculos le duelen a causa de la tensión tan terrible a la que estuvo sometido durante el sueño. La sensación de alivio porque logró despertar hace que no repare inmediatamente en el lugar donde se halla, pero después, un poco extrañado, advierte que el sitio parece Yautepec. ¿Yautepec?
Lucio viste pantalón y camisa blancos, y cuando advierte que sus zapatos también son blancos se da cuenta, con un estremecimiento que le devuelve cruda, dolorosamente, d terror, que en el suelo de tierra también se halla el clavo torcido, oxidado, goteando sangre. Febril, mira todo el lugar. Durante unos segundos el terror es indetenible, está a punto de lograr que la cabeza de Lucio se desintegre en astillas, y en ese momento, Lucio está en la puerta, una puerta que antes no existía o que no vio.
Lucio está viéndose a sí mismo sentado en el catre con el clavo torcido y ensangrentado en la mano; hay una palidez mortal en ese rostro desencajado por el terror. Enfrente se encuentra un espejo, ¡cómo no lo vio antes!, y allí ve su cuádruple imagen: Lucio sentado en el catre, viéndose en el espejo, con el máximo estupor, y Lucio en la puerta, pálido por el terror. Lucio corre hacia la puerta; mira hacia afuera, y ve una parte del pueblo (digámosle Yautepec): las calles sin pavimentar, algunas casas de adobe, tecorrales de yerbas crecidas, platanares, mangos y dos hules inmensos, ominosos; un corral donde varios cerdos duermen la siesta de la tarde, y Lucio, que se ve a sí mismo mirando hacia afuera, sabe ahora que el otro saldrá de allí para asesinar a quien se le ponga enfrente, nada más porque sí, porque ya agarró vuelo, porque el cerdo flaco ha engordado y hace destrozos, porque el impulso que lo hizo levantarse y correr a la puerta ya no se puede frenar, y Lucio, que se ve a sí mismo viendo hacia afuera, tiene en la mano un puñal de plata, con forma de cruz: lo ve, lo alza y, con serenidad, lo lanza con fuerza hacia el otro, que ha corrido hada afuera; Lucio apenas ha recorrido unos pasos cuando un puñal se hunde en su espalda; el dolor del desgarramiento de la piel y la carne lo hace proferir un alarido; se lleva las manos a la espalda y trata de quitarse el puñal sin dejar de correr, corre a toda velocidad, trastabillando alcanza a tomar el mango del puñal, pero, al tratar de sacarlo, sólo agranda la herida en su espalda, que ahora sangra profusamente, quizá por la velocidad con que Lucio corre, pegando alaridos de dolor y desesperación.
Los gritos de Lucio han convocado la presencia de mucha gente que sale de sus casas, son campesinos muy morenos, que, al verlo, gritan: ¡ése es el chilango que mató al doctorcito!
¡Doctorcito!, piensa Lucio, ¡esos pobres estúpidos no saben que ese viejo estaba loco de remate! Lucio corre con más fuerza. La gente de la calle ha empezado a perseguirlo, recogen piedras y se las tiran, ¡agarren al asesino, agárrenlo! De todas partes sale gente, todos recogen piedras y las tiran, golpean los pies, las piernas, los brazos, la espalda de Lucio. Una piedra se estrella en su nariz, y el dolor, las lágrimas y la sangre que estallan, simultáneos, nublan la vista de Lucio, ya no sabe por dónde va, hada dónde, sólo sigue corriendo, zigzagueando, perdiendo la velocidad, ¡se va a caer, agárrenlo!, el torso se inclina cada vez más al suelo, hada el lodo formado por las lluvias estivales; de la boca penden hilillos de sangre, pero Lucio ya no los ve, y si los siente no le importa; la lluvia de piedras continúa: él advierte que ha llegado a otro árbol inmenso, el sitio apropiado para morir…
… Llega al hule, y se desploma. Pero sigue vivo, eso es algo que Lucio no puede creer. La gente del pueblo, muchos niños y también perros flacos, excitados, que ladran, está exacerbada y vocifera, se acerca a él. Lo ven como trapo viejo tirado en el suelo. Llegan dos policías y Lucio sólo puede pensar cuán absurdo, grotesco, es que los policías de Yautepec vistan uniformes color tamarindo, del color de su piel.
Bueno, para no hacerte el cuento largo (lo cual es lo único largo que se te puede hacer), has de saber que Lucio es conducido a la cárcel del pueblo (Yautepec), y después es sujeto a un juicio y se le condena a pasar muchos años en prisión, en una celda oscura, de paredes pétreas, en el centro del pueblo, y aunque hay una ventanilla Lucio no se atreve a ver hacia afuera, porque pretende, durante todos esos años, volver la atención hacia sí mismo; está convencido de que todo eso ha sido necesario para que se purifique, y pague. Con el tiempo pierde la esperanza de salir, se acostumbra a la oscuridad, incluso llega a gustarle, y después de mucho, mucho tiempo, le dicen que es libre.
El día en que sale de la cárcel es sumamente despejado, grandes nubes se desplazan con rapidez. Se puede escuchar la fuente del zócalo; no: más bien se trata de un arroyo cercano. En el pueblo hay una gran excitación, la banda municipal toca pasodobles a todo volumen y una feria iluminada por el sol exhibe sus monstruos amansados: la rueda de la fortuna, el girador vertiginoso, la máquina del terror, tú sabes. Pero Lucio se siente peor: ni el linchamiento ni los años en prisión mitigaron las grietas de su alma.
Lo primero que ve es la pared lateral de la iglesia que está enfrentada a la cárcel; es una pared de piedra vieja, con parches de adobe y yerbas que crecen entre las rendijas, golpeada con tanta fuerza por la luz solar que Lucio casi se ciega, tiene que cerrar los ojos ante el impacto de esa luminosidad. Piensa que toda su vida estará condenado a ese tormento: el cuerpo entero corroído por un incendio interminable. A veces, muy a menudo en realidad, ha percibido el olor de su propia carne chamuscada, y eso ahonda siempre el oscuro vacío de su interior; no lo abandona la sensación de que está muerto, sin nada que lo alegre, así toda la eternidad, aunque circule sin impedimentos por cualquier sitio siempre, como caracol, estará en esa celda oscura que lleva consigo, sin miedo, sin dolor, pero con la desolación que brota del abismo, por donde se cuelan ventarrones como latigazos, la casa de su espíritu en ruinas, devastada, sin vestigios de vida, la tierra resquebrajada, arrastrada por el sol y las erosiones.
Lucio vuelve a alzar la vista. Allí sigue la pared de la iglesia, con sus millones de pequeñas resquebrajaduras más claras que nunca a causa de la luz cenital. En ese momento, en él, una voz se yergue, con un brote de esperanza, y le susurra con vehemencia: ¡a la iglesia, a la iglesia! En un instante (un relámpago, un resplandor) Lucio cree comprender por qué se encuentra allí, y una esperanza minúscula pero tan viva que lo quema lo hace correr por toda la extensión de la pared de piedra; sin aliento ya, dobla la esquina y contempla el atrio de esa iglesia del siglo dieciséis con su zaguán inmenso de herrería oxidada. Lucio cruza el atrio, sin fijarse en los tabachines y jacarandas que florean, ni en las parotas ni en los cedros ni en el jardín descuidado, pero cuando llega al portón algo le impide entrar, un poder colosal lo sujeta de los hombros, a pesar de que él, entre lágrimas desesperadas, hace un último esfuerzo, lucha con todo su ser porque ésa es la batalla de su vida. Finalmente la fuerza cede, Lucio entra en la iglesia, y en ese momento, señoras y señores, todo es oscuridad, un perfecto
apagón